No hay puestos de control ni cruces fronterizos evidentes que perturben la belleza de la ruta de los Picos de los Balcanes y, sin embargo, no es raro comenzar una larga jornada de esfuerzo físico con un abundante desayuno en un país y luego reponer energías con una muy apreciada cena casera en otro.
El circuito de 193 kilómetros serpentea entre Montenegro, Albania y Kosovo —a veces cruzando varias veces durante una sola jornada de caminata— por una cordillera conocida como las Montañas Malditas.
Aunque ese nombre pudo haber disuadido inicialmente a todos salvo a los aventureros más experimentados —en su mayoría del norte de Europa—, la ruta, con sus paisajes en constante cambio, comienza ahora a atraer a visitantes de todo el mundo para explorar sus imponentes picos de piedra caliza, lagos glaciares, ondulantes praderas de flores silvestres y húmedos bosques de niebla. Estos ofrecen una paz y una tranquilidad pocas veces accesibles en el sur del continente.
En realidad, las montañas deben su nombre a un entorno que resulta inhóspito en determinadas épocas del año. El nombre también se ajusta al aislamiento de la época de la Guerra Fría, que en su momento hizo que algunos de sus tramos quedaran fuera de los límites permitidos.
Hoy albergan lo que podría considerarse la última gran zona silvestre de Europa, un paisaje que ha llevado a los Picos de los Balcanes casi a lo más alto de la lista de las mejores rutas de senderismo transnacionales del mundo.
No se necesitan conocimientos técnicos de escalada, pero esto no es un paseo por el parque. El agreste encanto de estas montañas exige un par de botas resistentes, una mochila bien preparada y una buena condición física.
Los ascensos son pronunciados y la ruta completa acumula un desnivel positivo de casi 10.700 metros, muy superior a la altura del Everest. Es aconsejable entrenar antes del viaje, además de llevar un par de bastones de senderismo.
Eso se hace evidente rápidamente bajo el calor de un día de verano, cuando los tramos ascendentes parecen prolongarse sin fin y se convierten en una marcha lenta y sudorosa. Los descensos tampoco son fáciles, pues requieren pisar con cuidado y mantener un buen equilibrio.
No obstante, las recompensas hacen que valga la pena, ya que el enorme esfuerzo se corresponde con las magníficas vistas desde cada cumbre: una oportunidad para recuperar el aliento y maravillarse en un silencio glorioso ante la impresionante magnitud del entorno natural.
Lo mejor de todo es la parada para descansar, almorzar y darse un baño en las aguas heladas del magnífico lago Hrid, en Montenegro, situado a más de 1.600 metros sobre el nivel del mar. Los cielos azules sin nubes, los antiguos bosques verdes y las cristalinas aguas azules en las que es posible zambullirse se combinan para crear un paisaje digno de un protector de pantalla.
Muchos tramos de la ruta de los Picos de los Balcanes —que puede completarse en 10 días o dividirse en secciones más pequeñas— siguen rutas comerciales tradicionales que permanecieron cerradas por razones geopolíticas durante gran parte del siglo XX.
La región fue una zona de peligro fuertemente vigilada durante la Guerra Fría, algo que todavía resulta muy evidente en Albania, donde el paisaje está salpicado de búnkeres de concreto abandonados, construidos bajo el mandato del antiguo líder comunista del país, Enver Hoxha. Durante más de cuatro décadas, los albaneses no pudieron salir del país debido a las tristemente célebres políticas aislacionistas del dictador, que hicieron que Albania recibiera el apodo de la “Corea del Norte de Europa”.
Albania, Kosovo y Montenegro se vieron gravemente afectados por el colapso del bloque soviético, la desintegración de Yugoslavia y las guerras posteriores de la década de 1990 y principios del siglo XXI. Hay pocos recordatorios de aquello a lo largo del camino, aparte de los búnkeres abandonados y algún que otro antiguo vehículo militar, lo cual quizá sea lo mejor; muchos consideran que los temas relacionados con el gobierno, la política y el nacionalismo deben mantenerse alejados de estos tranquilos parajes.
De hecho, la ruta de senderismo recibió originalmente el apodo de “sendero de la paz” cuando se inauguró en 2006 como parte de las labores por cambiar la percepción mundial de los Balcanes.
“La mayor parte del mundo conoce esta región por los conflictos y las guerras”, dice Dušan Dragosavljević, un guía de senderismo cuyo conocimiento preciso del paisaje le permite señalar dónde una sección de bosque denso cruza imperceptiblemente hacia un país vecino. “Así que creo que la ruta de los Picos de los Balcanes es una muy buena manera de cambiar esa imagen y toda la narrativa”.
Dependiendo del presupuesto de cada persona, contratar a un guía profesional como Dragosavljević —quien dirige excursiones para A.C.E. Adventure, una empresa con sede en Serbia— puede ser una inversión acertada, no solo por su conocimiento de la ruta, cuya señalización es deficiente, sino también por la riqueza de sus conocimientos sobre la región.
Recorrió por primera vez el sendero de principio a fin en 2017. En los primeros años, afirma, solo era popular entre guías de montaña, amantes de la naturaleza y excursionistas experimentados. Comenzó a atraer mucha más atención después de que las restricciones por el covid-19 empezaran a disminuir, pero en muchos sentidos sigue siendo un rincón desconocido de Europa.
“Hay mucho territorio nuevo por explorar, especialmente en Albania y Kosovo”, dice Dragosavljević. “Los Balcanes tienen mucho que ofrecer, no solo en cuanto a naturaleza y belleza, sino también en cuanto a hospitalidad y cultura.
“No estoy seguro de que la gente sepa, por ejemplo, que cuando estás en los Balcanes sin ningún tipo de alojamiento o tienes hambre y no tienes comida, la gente te ayudará: los habitantes de los Balcanes son muy hospitalarios”.
Afirma que el sendero ha transformado la vida de muchas personas de la región. Los agricultores que antes apenas se ganaban la vida cultivando la tierra y criando ganado en este terreno agreste ahora complementan sus ingresos rurales gracias al turismo.
Adis Balić —quien administra el restaurante y casa de huéspedes Grlja en Vusanje, una aldea montenegrina cercana a la frontera con Albania— es uno de ellos.
“Todo en nuestra vida aquí ha cambiado desde que comenzó a funcionar el sendero”, dice mientras bebe un espeso café turco y un cachorro callejero molesta a sus clientes en unas mesas de pícnic cercanas.
Balić, quien también administra un segundo establecimiento en la cercana localidad de Gusinje, afirma que familias como la suya se encontraban en una situación económica “bastante precaria” antes de la inauguración oficial del sendero, cuando era raro ver excursionistas.
“Durante el día quizá veías a dos o tres excursionistas con mochilas y la mayoría de la gente de la zona los miraba con extrañeza, como preguntándose: ‘¿qué están haciendo?’. En aquel entonces, la situación era completamente distinta”.
Su restaurante y casa de huéspedes, que abrió hace siete años, lleva el nombre de la espectacular cascada que cautiva a un grupo de residentes y turistas a pocos pasos de allí. Ofrece 15 camas distribuidas en cuatro habitaciones, aunque la mayoría de los visitantes que pasan por allí duerme en tiendas de campaña.
“Cuando iniciamos el negocio, recibíamos unos 400 campistas al año y esta temporada tenemos más de 3.400”, dice. “Nos ha ido muy bien”.
El sendero todavía permanece en gran medida al margen del turismo masivo. La temporada alta va de junio a septiembre. Mayo y octubre también son opciones, pero existe la posibilidad de que nieve y hay menos alternativas para comer y dormir.
Grlja ofrece un menú de comida tradicional, preparada en su mayoría con ingredientes cultivados y producidos por la familia de Balić. Hay abundantes platos de carne, asados a la perfección y servidos con ensaladas, quesos caseros y salsas, entre ellas el ajvar, una sabrosa mezcla de pimientos y berenjenas asados lentamente que es un alimento básico en las mesas a lo largo del sendero.
“Mi padre recoge las verduras por la mañana y al anochecer ya las tenemos en la mesa”, afirma.
En los primeros años, la mayoría de los visitantes del sendero procedía de Alemania, Bélgica y Países Bajos. En la actualidad, atrae no solo a excursionistas, sino también a expatriados montenegrinos que regresan durante los meses de verano desde Estados Unidos, Europa Occidental y otros lugares.
“No hay nacionalidad que no venga”, dice Balić. “Hay australianos, neozelandeses… básicamente viene gente de todo el mundo.
“Lo que más los fascina son las montañas: las vistas y cómo se han conservado. Lo que más agradecen son las comidas tradicionales y la hospitalidad”.
Balić supervisa personalmente la pequeña cocina situada debajo de las habitaciones para huéspedes y se asegura de que todo lo que se sirve sea de alta calidad.
“No veo a los visitantes como turistas que vendrán aquí una sola vez y nunca regresarán”, dice. “Mi mensaje es: ustedes no son solo dinero, son clientes a largo plazo, y me aseguraré de que todos los que vengan aquí coman bien y se vayan con una buena sensación”.
Esa hospitalidad es evidente a lo largo de todo el sendero, donde los habitantes de las montañas han abierto una ventana a sus estilos de vida tradicionales, mantenidos durante generaciones, mientras sus animales de granja deambulan a su alrededor.
Las pizarras que ofrecen delicias caseras como baklava, pastel de frambuesa y yogur espeso mezclado con miel producida por sus abejas —además de latas frías de refresco— son una imagen reconfortante para los excursionistas agotados, al igual que la relativa privacidad que ofrecen los rudimentarios baños.
En Albania, Kujtim Gocaj dirige una acogedora casa de huéspedes que lleva su nombre en la remota aldea de Cerem. El agente de policía, de 63 años, lleva 14 años administrando el negocio como una actividad paralela, pero espera que se convierta en su principal ocupación cuando se retire del cuerpo policial dentro de dos años.
“Lo puse en marcha para tener un futuro”, dice, hablando por medio de su yerno, que sabe inglés, mientras sirve comida y retira los platos de las mesas.
Al principio operaba desde un solo edificio, antes de añadir en 2019 una nueva estructura de pino con muchos asientos al aire libre y vistas panorámicas para los clientes. Hoy, la propiedad puede recibir hasta 36 personas en una combinación de dormitorios compartidos y habitaciones privadas con baño.
“Logré que esto pasara de ser algo pequeño a lo que es ahora”, dice. “Al principio fue difícil, pero ahora es mucho mejor. A la gente le encanta este lugar y todos en la zona lo conocen”.
Los beneficios para Gocaj y su familia no son solo económicos. “Ni siquiera puedo explicar lo bueno que es”, comenta. “Aprendemos muchísimo de todas las personas que vienen aquí desde todas partes del mundo; es como recibir una educación. Es perfecto”.
Con su clima sumamente impredecible, las Montañas Malditas aún pueden hacer honor a su nombre. Tormentas feroces pueden azotar el sendero y prolongarse durante horas, frustrando los itinerarios de caminata y dejando a los visitantes con pocas opciones aparte de refugiarse en alojamientos básicos junto al sendero, a menudo habilitados en antiguas chozas de pastores.
Fuera de la temporada turística, puede ser mucho peor.
“El invierno es catastrófico”, dice Balić. “Aquí es bastante habitual que caiga un metro de nieve y entonces todo queda cerrado”.
Él considera que, con cierta inversión en deportes de invierno, la región podría ampliar su atractivo más allá de la temporada de senderismo. “Solo se necesita un telesquí, y la gente vendría con sus esquís, y eso sería bueno”.
Por ahora es una posibilidad lejana, pero quizá no sea imposible, dado que la región ha comenzado a atraer a visitantes de lugares cada vez más distantes.
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