En el “swing state” brasileño, ni Lula da Silva ni Flávio Bolsonaro saben qué hacer para ganar

A menos de 100 días de la primera vuelta de las elecciones en Brasil, el estado tradicionalmente más decisivo de las disputas presidenciales en el país vive un escenario incierto.

Ni el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (PT) ni la principal figura de la oposición, Flávio Bolsonaro (PL) —hijo del expresidente Jair Bolsonaro—, han decidido quién será su candidato aliado en Minas Gerais, considerado el principal “swing state”, o estado de tendencia electoral incierta, brasileño. Esa indefinición muestra hasta qué punto el escenario nacional todavía reserva sorpresas y exigirá definiciones hasta el 4 de octubre.

No se trata de folclore, sino de estadística e historia. Desde 1989, cuando los brasileños volvieron a elegir directamente al presidente de la República tras 29 años sin elecciones directas, todos los mandatarios electos salieron vencedores de las urnas de Minas Gerais. Solo el estado de Amazonas iguala esa marca, pero el peso electoral de Minas Gerais es mayor: con más de 16 millones de electores, poco más del 10 % del total de Brasil, el estado solo es superado por São Paulo en número de votantes.

Clasificar a Minas Gerais como un “swing state” brasileño es más que importar ese término de la ciencia política estadounidense. Aunque los sistemas electorales de ambos países son distintos —en Brasil gana la Presidencia quien obtiene más votos en todo el país, a diferencia del colegio electoral que define la Casa Blanca—, piense en un estado como Pensilvania en Estados Unidos: tanto por funcionar como una especie de predictor del resultado nacional como por su tradición y relevancia histórica.

En la primera vuelta de 2022, Lula obtuvo el 48,29 % de los votos válidos en Minas Gerais, frente al 43,60 % de Jair Bolsonaro (PL); en todo Brasil el marcador fue casi idéntico: 48,43 % a 43,20 %. En la votación decisiva, los mineiros volvieron a anticipar el resultado: el petista ganó con el margen más ajustado de todos los estados, 50,20 % a 49,80 % —es decir, cerca de 50.000 votos de ventaja—, mientras que en el resultado nacional venció a Bolsonaro por 50,90 % a 49,10 %.

Todos estos factores vuelven aún más llamativa la demora de Lula da Silva y Flávio Bolsonaro en definir a sus aliados en la disputa local. Pero cada uno tiene motivos propios, y muy distintos, para no haber tomado todavía esa decisión.

Lula no logra encontrar un candidato a gobernador que le ayude a sostener la estrecha ventaja obtenida hace cuatro años. Aunque es conocido por su olfato político, el presidente falló en sus dos primeras apuestas.

La primera fue el senador Rodrigo Pacheco (PSB), un político de centro y perfil discreto que fue clave, como presidente del Senado, en momentos de inestabilidad política, como los ataques a las sedes de los Tres Poderes el 8 de enero de 2023.

Lula insistió y esperó todo lo que pudo, hasta que en mayo Pacheco anunció que no volvería a disputar elecciones, pese a ser un político de menos de 50 años.

Sin éxito con el senador de un partido aliado, Lula buscó una solución dentro del Partido de los Trabajadores (PT) al que pertenece. Presionó a la exalcaldesa de Contagem, Marília Campos, que resistió la presión porque prefiere postularse a un escaño en el Senado, una disputa con más posibilidades de éxito.

Aunque afiliada al partido del presidente, Campos es considerada más moderada que sus colegas de izquierda, hasta el punto de defender el apoyo del PT a otro candidato de centro, Gabriel Azevedo (del Movimiento Democrático Brasileño o MDB); el partido se resiste porque él respaldó, en 2016, el juicio político de Dilma Rousseff. Lula da Silva tiene hasta fin de mes, cuando comienzan las convenciones partidarias, para encontrar una salida a este laberinto.

En el bando de Flávio Bolsonaro, el problema no es la falta de nombres, sino la falta de consenso en medio del exceso de opciones. El líder en las encuestas es el senador Cleitinho Azevedo (Republicanos), de un partido de derecha, aunque duda entre postularse o no al gobierno estatal.

Dentro del PL, Flávio podría optar por el exalcalde de Betim, Vittorio Medioli, o por el empresario Flávio Roscoe, que se afilió hace poco y sería un debutante en la política electoral. Además, el actual gobernador, Mateus Simões (del Partido Social Democrático o PSD), tiene dificultades en las encuestas, aunque está dispuesto a apoyar a Flávio en una eventual segunda vuelta presidencial.

En Brasil, las disputas por los gobiernos estatales pesan porque el candidato local aporta estructura y capilaridad a los presidenciables. Eso es aún más importante en un estado con el mayor número de municipios del país —más de 800— y uno de los territorios más extensos, como Minas. Estar cerca de los alcaldes de esas ciudades puede marcar la diferencia en una disputa tan reñida.

Es lo que ocurrió en 2022. Ese año, el entonces gobernador Romeu Zema (del Partido Nuevo o Novo) fue reelegido en primera vuelta y, hasta la votación decisiva, ayudó a Bolsonaro a recortar la diferencia con Lula mediante una serie de actos y de conexiones con los líderes regionales del estado. En 2026, el propio Zema quiere disputar la Presidencia, pero ha registrado menos del 5 % de las intenciones de voto en las encuestas.

Los mineiros son conocidos en Brasil por su habilidad para la articulación política, y el estado es cuna de figuras como Tancredo Neves —cuya muerte en 1985, año del fin de la dictadura militar, sin haber llegado a asumir la presidencia, adquirió tintes de tragedia griega— o Juscelino Kubitschek, responsable del traslado de la capital federal de Río de Janeiro a la recién construida Brasilia, en 1960, y cuyo espíritu renovador le valió el apodo de “presidente bossa nova”.

También hay un componente estructural que consagra al estado como síntesis de Brasil. El sur de Minas vota de forma muy parecida a São Paulo, donde la derecha es más fuerte; el norte se comporta como parte del Nordeste, donde prevalece la izquierda; y las regiones de predominio del agronegocio recuerdan a estados fuertes en el sector, como Goiás y Mato Grosso. El resultado es un electorado que refleja, casi a la perfección, el promedio nacional.

Por ahora, el estado que suele anticipar al futuro presidente guarda su secreto y deja al propio Brasil en compás de espera. Entre Lula y Flávio Bolsonaro, quien primero resuelva la ecuación de Minas habrá dado, quizás, el paso más importante rumbo a Brasilia.

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