Todo sucedió en poco más de un mes. En ese lapso, el Gobierno argentino atravesó una serie de turbulencias que, hasta el momento, no se han superado. Algunas incluso fueron el resultado de problemas autoinfligidos, por el estilo frontal y controversial que el presidente Javier Milei le ha impuesto a su mandato.
Paradójicamente, esta historia de percances comenzó en un instante de celebraciones. La selección argentina de fútbol franqueaba fases del Mundial con sufrimiento y emoción y capturaba la atención de la opinión pública en el país. Llegó entonces la victoria en semifinales ante Inglaterra. Durante los festejos, los jugadores exhibieron en pleno campo de juego y a la vista del mundo una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, una reivindicación histórica que acompaña el reclamo argentino de soberanía de las islas del Atlántico Sur, hoy bajo control del Reino Unido.
Para Milei nunca fue un asunto cómodo la disputa por Malvinas. Durante su campaña presidencial se declaró admirador de Margaret Thatcher, primera ministra británica durante el conflicto armado entre ambas naciones en 1982. “Hubo una guerra y a nosotros nos tocó perder. Eso no quiere decir que uno no pueda considerar que quienes estaban enfrente hacen bien su trabajo”, dijo en una entrevista.
Frente al clamor popular que generó la actitud de los futbolistas, el presidente ensayó algunas respuestas ambiguas que lo pusieron otra vez en el centro de la escena por su presunta falta de compromiso con aquella causa nacional. Aunque admitió que los jugadores procedieron motivados por un sentimiento válido, se mostró en desacuerdo. “No está bueno mezclar el agua con el aceite. Es un deporte, es un juego, mezclar eso es un problema”.
Su flamante vocero, Adrián Ravier, reemplazo de Manuel Adorni- que debió dejar su cargo acusado de corrupción, en otro tropiezo del gobierno-, tuvo que hacer malabares para explicar qué quiso decir cuando llamó a Argentina “país bananero” en medio del debate sobre la defensa de la soberanía de Malvinas. “Yo nunca dije eso. Lo que dije era un condicional de que, si Argentina era un país bananero, nosotros no íbamos a poder recuperar las Malvinas como todos queremos”, se excusó en una conferencia de prensa.
Milei acusó el golpe popular, en un país donde la selección de fútbol y la memoria de la guerra son de los pocos espacios de consenso nacional.
Primero, se quiso sumar a los festejos por el subcampeonato del mundo obtenido por el equipo argentino y decretó un feriado sin fecha para los días posteriores a la final que Argentina perdió con España, a la espera de que los futbolistas decidieran regresar al país para celebrar con la gente. Como solo retornó a Buenos Aires una delegación acotada, se suspendieron las ceremonias y también el feriado. Otra vez, el presidente había quedado mal parado.
Más tarde, salió al cruce de la supuesta campaña antiargentina que circuló por redes sociales, a la que se adhirieron algunas celebridades del mundo. Los ataques sostenían un presunto favoritismo de la FIFA para con la selección argentina, pero derivaron en cuestionamientos sobre temas más sensibles que hacen a la identidad del país.
En ese marco, Milei aprovechó la oportunidad para agregarse a la ola nacionalista estimulada por el Mundial, denunció una campaña antiargentina de raíz ideológica a cargo de la cultura “woke” internacional y hasta llegó a firmar un decreto que modifica la Ley de Migraciones e impide el ingreso al país de toda aquella persona que profiera discursos de odio contra el conjunto del “pueblo del argentino, contra algún ciudadano en particular, y a todo aquel que haya realizado o participado de actos de ultraje de símbolos patrios nacionales”. La norma prevé a su vez la expulsión por los mismos motivos.
Pese a estas reacciones tardías, la mayoría de los estudios de opinión observan que este asunto deterioró la imagen pública del presidente.
El reverdecer del sentimiento nacional decantado por la Copa del Mundo llegó hasta el Parlamento. Pocos días después de la ya legendaria bandera en favor de la defensa de la soberanía argentina en Malvinas, el Gobierno envió al Congreso un proyecto de ley para eliminar los límites a la compra de tierras por parte de extranjeros, que actualmente son del 15% en todo el territorio nacional y en cada una de las provincias y municipios.
La iniciativa generó un fuerte malestar social, el rechazo en redes sociales de figuras populares del arte y del deporte y una masiva movilización a las puertas del Congreso.
Finalmente, el presidente ordenó retirar del debate el asunto, para poder aprobar otras leyes que se debatían en el mismo paquete. El intento de vender tierras sin limitaciones fue otro paso en falso del Gobierno en poco tiempo.
Con su apoyo al candidato a presidente por el Partido Liberal, Flávio Bolsonaro, Milei llevó la tensión con Brasil hasta casi una ruptura de relaciones diplomáticas con su principal socio comercial. Viajó a Sao Paulo a comienzos de agosto para el lanzamiento de la campaña del hijo del expresidente Jair Bolsonaro, a quien quiso visitar en su prisión, pero la justicia brasileña se lo negó. En ese marco, llamó “ladrón y presidiario” al presidente Luis Inácio Lula da Silva y le auguró una victoria a su aliado para “terminar con la basura socialista”.
Lula llamó a consultas a su embajador en Argentina, Julio Bitelli, como primera medida. Más tarde, decidió retirar al embajador y reducir las relaciones a nivel de encargado de negocios, el pico máximo de tensión entre ambos países en décadas.
Del lado argentino, el Canciller, Pablo Quirno, sostuvo que no estaba en los planes del país una ruptura total de relaciones, en un intento por desescalar el conflicto, que por el momento se mantiene en ese estadio a la espera de las elecciones de octubre en el gigante sudamericano.
La última de las vicisitudes del mes fue el aumento de la inflación en julio. Después de tres meses a la baja, el costo de vida volvió a subir. Tuvo una variación del 2,1% y alcanzó un 33,8% en los últimos doce meses. En lo que va del año, la inflación acumulada es del 19,3%.
La caída de precios y la estabilidad cambiaria son dos de los principales activos que tiene el presidente Milei, que prometió en varios foros que la inflación desaparecería a mediados de 2026. Por eso, la noticia de una aceleración del costo de vida pega de lleno en los argumentos políticos centrales del Gobierno.
Es cierto también que el aumento de julio estuvo asociado a un fenómeno estacional: las vacaciones de invierno. El rubro Recreación y cultura lideró la medición con una suba del 5%, superando largamente al resto de los indicadores. Con el receso terminado, es posible que en agosto la inflación se acerque a un valor de equilibrio más cercano a los últimos meses. Pero sigue siendo un problema que ese nivel de precios se registre con una actividad económica que no despega.
Todos estos episodios han ido deteriorando la imagen del presidente, según la mayoría de los sondeos de imagen y opinión pública. Quizá por eso esta semana el Gobierno se ha acercado nuevamente a sus principales aliados políticos para empezar a discutir alianzas electorales de cara a 2026.
Milei cree que su rival principal será él mismo y en parte los números le dan la razón, debido a que ningún dirigente opositor se posiciona hasta hoy con la potencia suficiente para ser considerado una amenaza. Pero la reelección está en juego y crecen las preguntas sobre las posibilidades reales del presidente de ganar un nuevo mandato.
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