Estas cuatro historias muestran cómo reaccionaron los colombianos tras el sismo que dejó más de 200 muertos

El lunes por la mañana, un devastador terremoto de magnitud 7,4 sacudió el oeste de Colombia, dejando de momento más de 200 personas fallecidas y miles de edificios con daños o colapsados. Las mayores afectaciones se ubican en ciudades como Cali, Pereira, Quibdó y Manizales.

Mientras el tiempo corre y las labores de rescate apresuran el paso en busca de sobrevivientes, surgen historias de colombianos que vivieron el terremoto rumbo al trabajo, en la calle o en solos en casa.

Los daños son lo primero que se percibe en las zonas donde impactó el terremoto, según los testimonios. Pero también destacan la ayuda que se está organizando desde las autoridades y la sociedad civil.

Juan Guillermo Ramos, gerente de mercadeo de 36 años, salió como cada mañana rumbo a su trabajo desde su casa en Dosquebradas, cercana a Pereira.

Su trabajo queda en Armenia, a más de 50 kilómetros de su hogar. A las 7:34 am del lunes, Ramos ya se encontraba en la ciudad, caminando rumbo a su oficina para comenzar la jornada laboral.

“De repente, siento que comienza a caer como arena de los edificios”, dice Ramos a CNN. Era el terremoto. “Nos quedamos en la mitad de la vía, en el cruce, donde no estuviéramos cerca de algún edificio del que se fuera a caer algún escombro”, relata.

Ramos tomó de la mano a un adulto mayor que estaba asustado. Él también sentía miedo, pero trató de tranquilizar al hombre. La sacudida aumentó de nivel hasta obligar a las personas a sostenerse entre sí. “Lo tomé de la mano y le dije: ‘Señor, tranquilo, no se preocupe, todo va a estar bien’. Pero obviamente yo también estaba nervioso”.

Desde ese momento, comenzó un lapso agobiante de casi 4 horas en las que Ramos no supo nada de su esposa y sus dos hijos. Su esposa también había salido temprano para ir a su trabajo, por lo que sus dos hijos se encontraban solos en casa al momento del terremoto.

Ramos señala que en Armenia hubo daños, como grietas y polvo, pero no de la magnitud que se ha visto en ciudades como Pereira, Cali o Manizales, donde cientos de personas han muerto y miles de edificios presentan daños o colapsos, según cifras de las autoridades locales actualizadas hasta este martes por la tarde.

Trató de comunicarse con su familia, pero las líneas telefónicas estaban caídas.

“La red móvil, completamente caída; no había comunicación… Estaba incomunicado y con la incertidumbre de cómo estaban”, comenta.

Por ello, decidió regresar a Dosquebradas. El primer paso era tomar un autobús rumbo a Pereira, donde había dejado su carro estacionado. Las rutas hacia Pereira no estaban disponibles debido al terremoto, pero una empresa de transporte habilitó salidas para llevar a sus conductores a Pereira, que también buscaban regresar para saber algo de sus familias y sus casas. Ramos pudo subirse a uno de esos autobuses.

El tránsito era pesado. Muchas personas intentaban llegar a Pereira en medio de los reportes de edificios colapsados y personas atrapadas en los escombros. Por tanto, el tiempo hacía la espera más angustiante.

“Al no tener clara la información y no tener comunicación con mi familia, pues eran momentos de angustia”, dice Ramos.

Cerca de las 10 de la mañana, más de dos horas después del terremoto, Ramos logró llegar a Pereira. Una vez en la ciudad, los daños eran evidentes: techos colapsados, paredes caídas y escombros.

Pero entonces, cuando la angustia era cada vez mayor, le llegó un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.

“Era mi esposa, que por medio de una vecina que tenía datos logró enviarme un mensaje diciéndome que estaba bien, que estaba (en casa) con los niños. Ahí me volvió el alma al cuerpo… Sentí nuevamente tranquilidad y paz porque, por lo menos, están bien”, cuenta.

Ella pudo llegar a casa antes que él y reunirse con sus hijos.

Al arribar a Pereira, Ramos dice que se dirigió al estacionamiento donde dejó su automóvil. El vehículo se encontraba en un parqueadero abierto, pero no tuvo daños, salvo hojas y ramas de árboles que le cayeron encima por el movimiento generado en el terremoto.

Ya en su automóvil, Ramos emprendió el camino hacia su casa en Dosquebradas.

El tránsito, nuevamente, era pesado. Además, los caminos estaban bloqueados por escombros, así que tomó rutas alternas para avanzar a su destino.

Dice que uno de los barrios de Pereira por los que transitó fue Providencia, donde vio calles cerradas, escombros, techos caídos.

Ramos siguió su camino: “Comencé ya a ver edificios a punto de caer… En un centro comercial que se llama Pereira Plaza, se alcanzaba a ver la parte de la plazoleta de comidas completamente colapsada”.

El común denominador de los daños que Ramos observó eran muchas paredes caídas y afectaciones más notorias en edificaciones antiguas.

Tras el terremoto, también pudo ver supermercados cerrados —lo que hacía más apremiante la necesidad de agua y comida después de las primeras horas de la tragedia—, además de personas que se quedaban en parques porque no podían volver a sus hogares dañados.

Mientras avanzaba hacia Dosquebradas, los daños eran menos perceptibles o de menor magnitud. “Ya llegando a la zona donde yo vivo, pues se veían los servicios bien; no se veían ni escombros ni grietas. Entonces, eso me generó tranquilidad”. Sus hijos, según le contaron más tarde, salieron de casa en el momento en que empezó el terremoto, evacuando incluso a una perrita que tienen. Todos estuvieron a salvo.

Al llegar al conjunto residencial donde está su casa, alrededor de las 11 de la mañana, primero vio a su hijo, de 7 años, y se fundió en un abrazo con él. Luego vio a su hija, de 15 años, y pasó lo mismo.

“El momento de felicidad más grande”, describe Ramos sobre lo que sintió al volver a tener a sus hijos entre sus brazos. “Fue absolutamente grandioso, porque con la incertidumbre y todo lo que uno ha visto en el camino”, añade.

Su esposa los abrazó de igual forma. Las casi cuatro horas que estuvieron incomunicados habían llegado a su fin. Ahora estaban juntos nuevamente.

“Lloraron todos juntos, pero ya con la tranquilidad de que estaban bien”, menciona Ramos.

Un día después del fuerte sismo de magnitud 7,4 que impactó a Colombia, el corregimiento La Italia, en el municipio de San José del Palmar, se encuentra sin energía eléctrica ni agua y con vialidades dañadas, dijo a CNN el líder de la comunidad, Jeison Guevara.

En el lugar, en el epicentro del temblor y ubicado en el departamento del Chocó —uno de los más golpeados por el sismo—, no se registraron fallecimientos pero sí hubo afectaciones en construcciones, describió.

“Algunas viviendas de la cabecera municipal sí tienen daños en andenes, daños internos”, dijo. “En fincas del municipio, hay casas que quedaron destruidas, otras quedaron destechadas”.

De acuerdo con Guevara, desde San José del Palmar por ahora no es posible llegar al vecino Cartago, en el departamento de Valle del Cauca, porque en el camino que los une hubo 18 derrumbes.

Guevara dijo que la noche del lunes había un ambiente “de zozobra” porque los habitantes temían que pudiera haber una réplica del sismo cuando no había energía eléctrica, mientras que este martes todos tratan de retomar sus actividades poco a poco a la espera de que todos los servicios se restablezcan.

“Hoy en la mañana, pues ya todo mundo anda en sus labores, está tratando de cargar los teléfonos con algunas plantas que hay aquí en el municipio, en el corregimiento, se está dando la oportunidad a la comunidad de cargar, de poderse comunicar, de informar a las familias de que estamos bien gracias a Dios, técnicamente estamos bien, y pues se está sobrellevando la situación, que es lo importante”, expuso.

Néstor Bastidas, abogado de 58 años, dice que, antes del sismo ocurrido el lunes, vivió el terremoto de Popayán en Colombia, el cual dejó cientos de personas fallecidas en 1983.

A diferencia del movimiento telúrico de 1983, dice a CNN, el terremoto del lunes de magnitud 7,4, que vivió desde el piso 40 del edificio donde reside —uno de los más altos de Cali, asegura—, tuvo mucha mayor duración.

El terremoto de Popayán duró apenas unos segundos y fue muy fuerte, recuerda Bastidas, mientras que el del lunes “empezó leve, después se fue intensificando con movimientos largos y muy duraderos; luego fue reduciendo, pero no paraba de moverse. Mi percepción fue que duró como dos minutos”, declara.

En cuanto comenzó el sismo, su mamá, quien vive con él, lo jaló del brazo y se resguardaron en el baño, mientras ella oraba.

El terremoto terminó. Su edificio quedó intacto, no tuvieron cortes en los servicios básicos y ni siquiera evacuaron. Bastidas dice que el inmueble le generó confianza desde un principio por haber sido construido luego del terremoto de Popayán.

Pero sabe que la calma no es para todos. Al otro lado de la ciudad, a unos kilómetros de distancia de su hogar, hay edificios colapsados, dañados, personas damnificadas. El terremoto ha dejado cientos de personas fallecidas, la mayoría de ellas en Cali, así como miles de estructuras con daños o colapsadas en varios puntos del oeste del país.

“En este momento, desde acá no se observa la tragedia y todo está hacia el otro lado de la ciudad… (Sin embargo), por más que uno intente prepararse, la intensidad es inesperada. Me parece que nadie está preparado” para un terremoto como el de esta semana, comenta.

Bastidas y su familia han decidido no salir por ahora y seguir las actualizaciones en las noticias. Aun así, dice que es posible ayudar desde la distancia, sobre todo a los seres queridos y cercanos.

“Yo creo que psicológicamente ayuda mucho una llamadita, un mensaje al ser querido, al amigo, al familiar, preguntando cómo están y, claro, ayudando en lo que se puede a los otros”, añade.

Vanessa Ocampo, diseñadora de interiores y comunicadora social de 37 años, se encontraba sola en su casa en Cali cuando todo comenzó a moverse el lunes por la mañana.

Estaba en el segundo piso de su casa, en su habitación. Durante el terremoto, dice a CNN, escuchó un ruido, como si fuera “la vibración de la tierra”.

Enseguida, Ocampo evacuó, al igual que sus vecinos. Las casas de su vecindario no tuvieron daños, aunque se quedaron sin energía, sin agua y sin gas. “Realmente fue un momento muy traumático, de desesperación y mucha angustia.”

Sin embargo, cuenta que, a tan solo dos cuadras de distancia de su hogar, había “edificios agrietados, otros caídos completamente”.

Para Ocampo, quien relata que afortunadamente sus seres queridos se encuentran a salvo, fue la primera vez que experimenta un evento así en su vida. Y, para varios familiares, también se trató de su primer sismo de esta magnitud.

“Es primera vez en la vida que vivimos algo así (…) Yo le preguntaba ayer a mi mamá, a mis tías, que son personas más adultas y me decían que es la primera vez en la vida que habían vivido algo así tan fuerte. Uno ve la tierra cómo se mueve o que no puedes caminar sobre la tierra porque te quieres caer, los carros saltan, los vidrios se quiebran, es impresionante”, menciona Ocampo.

En Cali, una de las ciudades más afectadas tras el terremoto y cercana al epicentro, además de daños materiales, es posible observar la unión para las labores de búsqueda y rescate, dice Ocampo.

“La comunidad, las personas que están bien se han unido con las personas de rescate y son uno solo. Hacen cadenas para quitar escombros y anoche pedían muchas linternas” para buscar a sobrevivientes”, comenta.

Asimismo, la gente se ha unido para llevar agua y alimento a los rescatistas. Tanto el agua como la comida se necesitan en otras partes, dice Ocampo, sobre todo en lugares con personas damnificadas.

“En este momento estamos pensando ya en organizarnos para ir a comprar agua o cosas que las personas están necesitando en este momento”, añade.

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