Esto es algo que ningún estadounidense quiere oír: los precios están subiendo de nuevo y la inflación, que nos resulta incómodamente alta, podría acompañarnos durante bastante tiempo.
La inflación ha sido un lastre para la economía estadounidense desde 2021, y aunque el aumento de precios se ha moderado drásticamente en los últimos años, el problema persiste: la inflación aún no ha vuelto a los niveles prepandémicos y los estadounidenses todavía no se han adaptado a los precios más altos.
Por eso, el costo de vida sigue siendo la principal preocupación de los votantes en todas las encuestas.
Es casi seguro que esta crisis del petróleo no se traducirá en la inflación del 9,1 %, la más alta en cuatro décadas, que Estados Unidos sufrió dolorosamente en 2022.
Sin embargo, diferencias clave entre la situación actual y la de hace cuatro años podrían hacer que este último repunte inflacionario provocado por la guerra sea muy difícil de sobrellevar.
La economía estadounidense ha demostrado una resiliencia extraordinaria a pesar de todos los desafíos que ha enfrentado en esta década: una pandemia, dos guerras, una crisis inflacionaria histórica, aranceles… Es difícil desestabilizar a un gigante de US$ 31 billones.
Por eso, la mayoría de los economistas coinciden en que la crisis del petróleo derivada de la guerra con Irán probablemente no desemboque en una recesión.
Pero la economía no necesita estar en recesión para volverse dolorosa. Basta con preguntar a los millones de estadounidenses de bajos y medianos ingresos que han tenido dificultades para llegar a fin de mes en los últimos años.
A diferencia de 2022, cuando las cuentas de ahorro aún contaban con el respaldo de los estímulos gubernamentales, una moratoria de emergencia en el pago de la deuda estudiantil y otras medidas de seguridad relacionadas con la pandemia, en 2026 muchos estadounidenses están pidiendo dinero prestado para subsistir, y cada vez les resulta más difícil mantenerse al día con esos pagos.
En febrero, la tasa de ahorro de los estadounidenses (ahorro como porcentaje de los ingresos después de impuestos) fue del 4 %, según los últimos datos del Departamento de Comercio.
En febrero de 2020, esa tasa era del 7,5 %. Y antes del repunte inflacionario de la pandemia, esos ahorros estaban bien abultados (en parte debido a los pagos de estímulo federales, las refinanciaciones y una drástica reducción del gasto): la tasa de ahorro era del 21, 6% en marzo de 2021, cuando la inflación comenzaba a acelerarse.
“Los hogares ahora tienen menos margen de maniobra que hace dos o tres años”, declaró Augustine Faucher, economista jefe de PNC Financial Services Group, en una entrevista con CNN. “Eso significa que esta mayor inflación tendrá un impacto más fuerte de lo que lo habría tenido en otras circunstancias”.
A esto se suma el aumento de los precios: un mercado inmobiliario paralizado, restricciones a la inmigración que han exacerbado la escasez de servicios de guardería y atención médica, la eliminación de servicios sociales clave y aranceles históricos… es mucho lo que la gente tiene que soportar.
Ahora, sumemos el aumento vertiginoso de los precios de la gasolina. Eso está llevando a algunos al límite.
A pesar de lo mucho que los estadounidenses odian esta economía, ha tenido un aspecto positivo: el crecimiento promedio anual de los salarios ha superado la tasa media de inflación durante aproximadamente tres años consecutivos.
Algunos economistas, entre ellos el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, argumentaron que la percepción pública acabaría por ajustarse a la realidad una vez que los estadounidenses se adaptaran a los precios más altos y los aumentos salariales engrosaran sus cuentas bancarias.
Esa teoría sufrió un duro golpe en marzo.
El crecimiento salarial anual se redujo a tan solo un 3,5 % de media el mes pasado, y la inflación anual se disparó un 3,3 %.
De un plumazo, años de progreso en materia de inflación se vieron truncados, y las ganancias salariales de los estadounidenses prácticamente desaparecieron.
“Hemos tenido un par de años para intentar recuperarnos y reparar el daño causado por el repunte inflacionario de la pandemia”, declaró Heather Long, economista jefe de Navy Federal Credit Union. “Revertir esa situación es doloroso”.
El alza vertiginosa de los precios de la gasolina también ha anulado otros beneficios económicos.
Por ejemplo, el reembolso promedio de impuestos aumentó US$ 351 este año en comparación con el año pasado. Sin embargo, según Andy Lipow, presidente de Lipow Oil Associates, el hogar estadounidense promedio está pagando US$ 190 adicionales al mes debido al aumento de los costos de la energía.
Esto eliminará el beneficio del reembolso de impuestos para el estadounidense promedio en tan solo dos meses.
Resulta alarmante observar un aumento tan pronunciado de la inflación en las primeras cuatro semanas de la guerra. Pero lo que vimos en el informe de marzo es solo el comienzo de un repunte inflacionario que podría durar meses.
Incluso en el escenario más optimista, en el que se mantenga el acuerdo de alto el fuego entre Estados Unidos e Irán y se reabra el estrecho de Ormuz, los precios al consumidor seguirán siendo altos y la inflación casi con toda seguridad continuará aumentando durante meses.
Esto se debe a que las crisis petroleras tienen un efecto tanto inmediato como retardado en los precios generales: el costo de la gasolina se dispara de inmediato, pero otros suben más tarde a medida que el aumento de la energía se extiende por toda la economía.
Por ejemplo, los precios de los alimentos bajaron en marzo, incluso cuando el del diésel se disparó.
A la larga, el aumento de la cotización del diésel provocará un alza en la de los alimentos, ya que las empresas de transporte cobrarán más a los supermercados por la entrega.
Los precios de los alimentos suelen tardar entre tres y seis meses —o incluso más de un año— en subir tras el impacto inicial.
Sin embargo, el impacto real depende en gran medida de una variable muy desconocida: la duración de la guerra y, en particular, la interrupción en el estrecho de Ormuz.
Y esas subidas de precios, por pequeñas que sean, pueden afectar más a algunos estadounidenses que a otros, afirmó Ken Foster, profesor de economía agrícola en la Universidad de Purdue.
“En nuestro país hay hogares donde el porcentaje de ingresos que se destina a la alimentación ronda el 50 %”, declaró en una entrevista con CNN. “Y si a eso le sumamos el combustible para calentar la casa o el transporte para ir al trabajo, estamos hablando de un porcentaje considerable de los ingresos que, en realidad, no se puede modificar”.
Añadió: “No han podido mantener sus ingresos, y esto acaba por ponerlos en una situación financiera muy difícil”.
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