La cárcel histórica en Costa Rica de la que no querrás salir

Olger Núñez dice que cuando despierta cada mañana se siente el dueño del universo, una sensación que lo invade con solo abrir los ojos en medio de una pequeña isla en Costa Rica. El canto de las aves, el sonido del viento que agita árboles centenarios y el vaivén del mar inmenso, lo sumergen cada día en las bondades de la naturaleza. Núñez es el administrador del Parque Nacional Isla San Lucas, la isla destierro para los presos más violentos de este país, que se convirtió en paraíso turístico.

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De lejos es difícil imaginar que esa isla, de 500 hectáreas con una fauna y flora espectacular, fuera por más de un siglo uno de los sitios más temidos de Costa Rica. La Isla San Lucas se ubica a 8 kilómetros de Puntarenas, en el pacífico central costarricense. Una vez en el lugar, las viejas estructuras, patrimonio histórico y arquitectónico, son el testimonio más visible del penal que funcionó ahí de 1873 a 1991.

Costa de la Isla San Lucas.

La transformación de una cárcel histórica

Abandonada durante años, busca convertirse en uno de los principales atractivos turísticos de la zona. La isla fue declarada Refugio de Vida Silvestre desde el 2001 por decreto ejecutivo del Ministerio de Ambiente y Energía (MINAE). Y en agosto pasado, abrió sus puertas a los turistas, con restricciones por la pandemia del covid-19. En ese momento, el presidente Carlos Alvarado firmó la ley que la nombra el Parque Nacional número 30 del país. Alvarado la definió como eje de la Ruta de Reactivación de la Isla San Lucas, con el objetivo de generar un destino que potencie la industria turística de Puntarenas y del Golfo de Nicoya, donde se encuentra.

Según el Sistema Nacional de Áreas de Conservación, SINAC, para ingresar a la isla los visitantes en grupos deben aplicar la regla de burbujas sociales. Es decir llegar al parque nacional solo con quienes se convive a diario en la casa, para combatir el covid-19. También mantener una distancia de 1,8 metros entre cada burbuja y llevar agua, jabón, alcohol en gel, toallas desinfectantes, mascarilla y careta.

Atracción turística

Para el ministro de turismo de Costa Rica, Gustavo Segura, la isla de San Lucas es única. «No hay otra en Costa Rica con sus atributos: antiguo presidiario, memoria histórica, riqueza arqueológica y riqueza natural. Todo a corta distancia de la costa. El turismo va de la mano de la cultura, por esta razón celebramos su apertura», señaló.

Entre senderos donde en algún momento existió interés de construir hoteles, tienen su hábitat monos aulladores, arañas, ardillas, armadillos, faisanes, venados, murciélagos, mapaches, aves. Una fauna variada que captura a los visitantes.

Las paredes de lo que sobrevive del centro penal hablan. Dibujos, frases, pinturas poemas canciones, el desahogo de cientos de presidiarios quedaron plasmados ahí y hoy son parte de los atractivos del lugar. Entre trazos y palabras cuentan sus angustias, sueños y deseos de libertad, como huellas de vidas atormentadas.

La isla del diablo

«Fue uno de los sitios más horripilantes. Se llamaba también la isla del diablo, violaba todos los derechos humanos». Así describe el escritor costarricense José León Sánchez el lugar donde estuvo preso durante 19 de los casi 30 años que permaneció en la cárcel. Los otros, dice, los pasó en la Penitenciaría Central de San José. Este recinto se convirtió en 1994 en Centro Costarricense de la Ciencia y la Cultura, un complejo que alberga al Museo de los Niños.

José León Sánchez, al recibir el Premio Nacional de Cultura, Magón 2017. (Crédito: Ministerio de Cultura

Hoy, a sus 91 años, Sánchez asegura que la Isla San Lucas se convertirá en un destino turístico excepcional, que sacará de la pobreza la zona. El escritor dijo a CNN que en la isla aprendió a leer y a escribir. También que allí dio sus primeros pasos en la literatura con su cuento El poeta, el niño y el río en 1963. Este le abrió el camino a 27 obras literarias más. Entre ellos, la que recrea el tormento de la vida en el penal: La isla de los hombres solos. Según el periodista y escritor costarricense Carlos Cortés, puso de moda la literatura carcelaria en Iberoamérica. Y añadió que con Tenochtitlán, otra de las obras de Sánchez, logró dos de los best sellers más sonados de la industria editorial de la región, con traducciones a números idiomas.

Sánchez fue acusado y luego condenado por «homicidio con ocasión de robo» de las joyas de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Hechos que sucedieron el 13 de mayo de 1950 en Cartago, provincia aledaña a San José, la capital. Llegó a San Lucas a los 19 años. Dice que el manuscrito original de La isla de los hombres solos lo escribió con lápiz en el papel donde venía envuelto el cemento que llegaba al lugar. La primera edición impresa la realizó en la isla con un polígrafo de madera que el mismo construyó.

José León Sánchez explica que desde la cárcel siempre pidió que su caso se revisará, porque con tortura lo hicieron responsable de delitos que no cometió. En 1999, la Corte Suprema de Justicia le dio la razón y le otorgó el beneficio del In dubio pro reo, tras declarar la ineficacia del fallo dictado en su contra el 21 de octubre de 1955 por la Sala Segunda Penal, que le condenó a descontar 45 años de prisión, pena que se le rebajó a 30 años.

Pasado y presente

De lo que era el encierro en la isla queda su relato artístico, que muchos podrán leer durante un viaje de vacaciones al nuevo parque nacional. Según Núñez, ya se han habilitado senderos, nuevos servicios sanitarios, un centro de acopio, el sistema de bombeo de agua y se rehabilitó el edificio del antiguo dispensario médico.

(Crédito: Cortesía Presidencia de Costa Rica)

El despacho de la primera dama Claudia Dobles, quien coordina la Ruta de Reactivación, informó que se prevé invertir 2,4 millones de dólares para recuperar la infraestructura. Ya se intervino parte del área patrimonial y se rehabilitó el edificio del antiguo dispensario médico.

La intención es que la visita al parque se convierta en una experiencia única, capaz de abstraer a cualquiera de su cotidianidad. También que, a diferencia de sus antiguos inquilinos, quien llegue anhele regresar para zambullirse entre naturaleza e historia.

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