Opinión | El mundo se hundirá en el caos si no gravamos las ganancias extraordinarias

Nota del editor: Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de economía y profesor universitario en la Universidad de Columbia, es copresidente de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(CNN) — Sucedió de nuevo. Miles de simpatizantes del expresidente de Brasil Jair Bolsonaro irrumpieron en los edificios del Gobierno del país el 8 de enero en protesta por el presidente recién juramentado. Los disturbios ocurrieron casi dos años después del asalto al Capitolio de Estados Unidos por parte de los partidarios del presidente saliente Donald Trump.

Las similitudes saltan a la vista: la violencia y vulgaridad de los ataques contra las instituciones democráticas y el objetivo de sembrar el caos mientras se pretende ser ley y orden. En ambos casos, los líderes políticos cuestionaron los resultados de las elecciones y, en general, los valores de la democracia.

Más de la mitad de la población mundial vive bajo regímenes autoritarios, y en las urnas persisten movimientos que claramente cuestionan las libertades individuales y públicas y fomentan la xenofobia. Hay muchas razones para esto, pero entre ellas se encuentra un sentimiento de agravio casi universal. Muchos ciudadanos en todo el mundo sufren dificultades económicas mientras que a una parte de la población, los ricos y las corporaciones que poseen y controlan, les está yendo extremadamente bien.

A medida que el mundo enfrenta una década de crisis, es hora de que quienes se benefician paguen su parte justa para ayudar a aliviar estos agravios. Y eso se puede hacer en parte a través de los impuestos.

Tomemos, por ejemplo, el coronavirus. Tres años después de la aparición del covid-19, ha surgido una desconexión discordante entre el costo humano y las ganancias históricas de muchas grandes empresas, dinero que benefició a los accionistas, que sacaron provecho de una bonanza de dividendos, recompras de acciones y precios de las acciones por las nubes. Las gigantes farmacéuticas han obtenido miles de millones en ganancias con las vacunas contra el covid-19, que no habrían podido desarrollar sin la investigación universitaria y los subsidios gubernamentales. Y la guerra de Rusia en Ucrania ha permitido que las corporaciones de energía y de alimentos aumenten los márgenes de ganancias en un 256% en 2022, en comparación con el promedio de 2018 a 2021, incluso cuando las familias comunes luchan por pagar sus facturas. Los accionistas de estas empresas recibieron US$ 257.000 millones, o el 84% de las ganancias extraordinarias, solo el año pasado, según un informe de Oxfam, “Supervivencia de los más ricos”, publicado esta semana coincidiendo con Davos.

Estas ganancias corporativas exorbitantes no son el resultado de un trabajo duro o una creatividad repentina. Son el resultado de la situación política. La guerra hizo que los precios de la energía se dispararan, especialmente el costo del gas natural. Y muchos productos alimenticios producidos en la región, como el trigo, se volvieron inaccesibles, lo que provocó que los precios de los alimentos se dispararan. Con estos altos precios llegaron ganancias inesperadas inmerecidas. Y deberían pagar impuestos a una tasa más alta que la que pagan normalmente las corporaciones.

Un impuesto bien diseñado sobre las ganancias inesperadas, que variaría de un país a otro, puede estimular la inversión y aumentar los ingresos. Los ingresos permitirían a los países financiar mayores servicios públicos, como atención médica, educación y acceso a agua y saneamiento, que pueden ayudar a todos los ciudadanos, especialmente a los más vulnerables. El impuesto también ayudaría a las naciones a construir la infraestructura necesaria para enfrentar el desafío existencial del cambio climático, como servicios de energía limpia, transporte ecológico y edificios energéticamente eficientes. Varios países de Europa ya han comenzado a implementar un impuesto sobre las ganancias inesperadas.

Por las mismas razones, urge gravar a los más ricos, algunos de los cuales se salen con la suya estos días sin apenas pagar impuestos gracias a los paraísos fiscales, entre otras estrategias. Oxfam argumenta —correctamente, en mi opinión– que hay algo fundamentalmente erróneo en un orden mundial en el que un hombre como Elon Musk, uno de los más ricos de la historia, en realidad paga impuestos de solo el 3,3 %, mientras que a Aber Christine, un pobre vendedor de harina en Uganda, se le grava al 40%. Es una brecha aún más impactante que la que denunció Warren Buffett hace casi 12 años, explicando después que pagaba impuestos a una tasa más baja que su secretaria. Desde 2020, el 1% más rico ha captado casi dos tercios de toda la riqueza nueva.

Hacer que los más ricos paguen su parte justa para financiar la expansión de derechos como el acceso universal a la salud y la educación no es en realidad una idea radical ni siquiera exótica. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos lo convirtió en una de sus principales herramientas para la reconstrucción, instituyendo una de las tasas impositivas marginales en tiempos de paz más altas del mundo del 91% en 1951, que luego se incrementó al 92% el año siguiente. Al mismo tiempo, los impuestos sobre las ganancias corporativas fueron del 50%. Incluso en fecha tan reciente como 1980, la tasa marginal máxima del impuesto sobre la renta para los más ricos era del 70%.

Desde entonces, los políticos han recortado sistemáticamente prácticamente todos los impuestos que recaían sobre los ricos, desde los impuestos sobre la renta de alto nivel y los impuestos sobre la inversión, hasta los impuestos sobre el patrimonio y las sociedades, hasta los impuestos sobre la herencia, alegando que toda la economía se beneficiaría. Ya conoce el resto: la desigualdad en EE.UU. y en otros países del mundo se disparó, los salarios de la clase trabajadora se estancaron, las condiciones laborales se deterioraron y las deudas se dispararon. En cuanto a los más ricos, les ha ido asombrosamente bien, pero son los únicos. El mismo patrón se ha repetido en todo el mundo, con consecuencias políticas que estamos viendo en acción.

Con la crisis de la inflación, es imposible seguir eludiendo el debate. Como creemos en la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional (ICRICT, por sus siglas en inglés), la tributación progresiva (hacer que aquellos con las fortunas más grandes paguen su parte justa) es una de las herramientas más poderosas para reducir la desigualdad y construir sociedades más resilientes e inclusivas. Rechazar esta solución es obligar a los Estados a instituir programas de austeridad, recortando los servicios públicos y los beneficios de jubilación. Esta es una receta para un caos mucho mayor que el que vimos en Washington y Brasilia. Y ese es un precio demasiado alto para que el mundo lo pague.

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