La historia del arquero más triste de los Mundiales de fútbol

(CNN Español) — Estaba en el supermercado, una mujer lo señaló y le dijo al joven que lo acompañaba: “Míralo, hijo, es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.

Moacyr Barbosa Nascimento recordaba ese día como el más triste de una vida marcada por un gol que no pudo detener.

La historia es más que conocida para millones de hinchas del fútbol: Brasil y Uruguay disputaban en el Maracaná la final del Mundial del 50. Brasil solo necesitaba un empate. Estaban tan seguros de esa victoria, que a la mañana los diarios ya había titulado “Brasil campeón del mundo”. El primer tiempo se saldó con un cero a cero. Al comienzo del segundo, la canarinha anotó. Todo iba viento en popa, pero entonces la celeste, comandada por Obdulio Varela, empató con gol de Juan Alberto Schiaffino. A continuación pasó lo inimaginable. Alcides Ghiggia, convertido desde ese preciso instante en héroe nacional de Uruguay, anotó.

La hazaña fue tan inesperada que la bautizaron con nombre propio: el maracanazo.

El Maracanazo: memoria y anécdotas de una hazaña 0:48

El Hiroshima de Brasil

El delantero uruguayo Juan Alberto Schiaffino empata durante la final del Mundial de 1950 en el estadio Maracaná. (Crédito: AFP vía Getty Images)

En el estadio de Río de Janeiro, 200.000 espectadores preparados para festejar quedaron mudos. El dramaturgo Nelson Rodríguez lo describió como el Hiroshima de Brasil. Sí, comparó la derrota en un partido de fútbol con el lanzamiento de una bomba atómica que mató a 70.000 personas en un abrir y cerrar de ojos.

“Parece monstruosamente desproporcionado y lo es, pero creo que lo que quiere decir es que es el desastre nacional de Brasil”, dijo a CNN Jonathan Wilson, periodista y autor de “The Outsider: A history of the goalkeeper”. “Nunca han estado en una guerra, nunca han tenido un gran desastre. Solo esperaban ganar”.

Y Barbosa se convirtió en el chivo expiatorio de la derrota. El culpable designado.

El brasileño oriundo de Campinas defendió a la selección en 22 juegos en los que consiguieron 16 victorias y dos empates. En el 50, de hecho, lo eligieron como mejor portero del torneo. Con su club, el Vasco da Gama, llegó a ganar 15 trofeos (entre ellos, fue el golero la primera vez que un equipo brasileño triunfó en un título internacional disputado fuera del país, en la Copa Sudamericana de 1948). Su carrera fue espectacular, pero nada de eso importó.

“Según la ley brasileña, la pena máxima es de 30 años”, comentó Barbosa cuando cumplió 79 años, apenas dos semanas antes de fallecer. “Pero mi encarcelamiento ha sido de 50 años”.

“Quemá los palos, Barbosa”

Cuando ya estaba retirado, en 1963, Barbosa trabajaba en el Maracaná. Su jefe, tal como cuenta este artículo de La Nación, le dio los postes del estadio, hechos de madera, cuando la FIFA dijo que tenían que poner arcos de hierro. Barbosa los quemó.

El relato llegó a un tema musical dedicado al portero que escribió un uruguayo y que transmite, acaso mejor que muchos brasileños, el padecimiento de Barbosa. Quemá los palos, Barbosa / del arco del Brasil / la condena de Maracaná/ se pega hasta morir, dice el texto de Tabaré Cardozo, que describe cómo La gente sin piedad/ señala su fantasma sin edad/ por la ciudad.

Otro uruguayo, Eduardo Galeano, inmortalizó la desdicha de Barbosa en su libro “A fútbol a sol y a sombra”. “Pasaron los años y Barbosa nunca fue perdonado. En 1993, durante las eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos. Él quiso dar aliento a los jugadores de la selección brasileña. Fue a visitarlos a la concentración, pero las autoridades le prohibieron la entrada. Por entonces, vivía de favor en casa de una cuñada, sin más ingresos que una jubilación miserable”, cuenta sobre el brasileño.

Hora de corregir la historia

Barbosa murió en el año 2000, cargando el peso de una cruz que no era únicamente suya. Dos décadas después, la historia se reescribe lentamente en Brasil.

El año pasado, en ocasión del centenario de su nacimiento, se multiplicaron los homenajes al arquero en redes bajo la etiqueta #Barbosa100. “El campeón que ayudó a construir nuestra historia”, fue la forma en que lo definió la Confederación Brasileña de Fútbol, que años antes había publicado una nota de elogio con estas palabras del cronista Armando Nogueira: “Sin duda, la criatura más injustamente agraviada de la historia del fútbol brasileño. Era un portero magistral. Hacía milagros, desviando las pelotas envenenadas con las manos. El gol de Ghiggia, en la final del Mundial de 1950, fue como una maldición para él. Y cuanto más lo veo, más lo absuelvo. Ese partido lo perdió Brasil el día anterior”.

En análisis recientes del lugar que ocupó Barbosa en la historia de aquel fatídico 16 de julio de 1950 se sumó la perspectiva de la raza. Barbosa, Bigode y —los otros delanteros a los que les cobraron la derrota— eran negros.

La historia del arquero, tal como se escribió originalmente, “estuvo a cargo de ciertos agentes, especialmente directores deportivos, periodistas e intelectuales, no casualmente blancos, cuyos discursos, crónicas y narraciones se convirtieron en lugares de memoria”, dice el Museo del Fútbol de Brasil, que ha trabajado en la relectura de su figura.

“A él y a todos los negros y negras de Brasil le debemos otras posibilidades, otras narrativas, otras imágenes, bajo perspectivas antirracistas”, dice la institución.

Con información de Tom McGowan de CNN.

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