OPINIÓN | Algunos ciudadanos rusos y chinos están “votando con los pies”

Nota del editor: Frida Ghitis, (@fridaghitis) exproductora y corresponsal de CNN, es columnista de asuntos mundiales. Es colaboradora semanal de opinión de CNN, columnista del diario The Washington Post y columnista de World Politics Review. Las opiniones expresadas en este comentario le pertenecen únicamente a su autora.

(CNN) —  A los líderes de las dos mayores autocracias del mundo, China y Rusia, les gusta promocionarse contrastando sus países con Occidente, declarando que sus regímenes jerarquizados son superiores a la democracia de estilo occidental. Sin embargo, a medida que el presidente de China, Xi Jinping, y el de Rusia, Vladimir Putin, redoblan la represión, un número cada vez mayor de sus ciudadanos ha decidido que está harto. La práctica de “votar con los pies”, o de abandonar el país, está contando la historia de personas que podrían ir a la cárcel por expresar sus opiniones abiertamente.

Para algunos, escapar de la autocracia es cada vez más atractivo.

En China, el término es “run xue”, o “filosofía de la huída”. La expresión, que hasta ahora no ha sido bloqueada por los censores chinos de la web, está suscitando un gran interés en la red. En Zhihu, un foro chino de preguntas y respuestas, una página de “run xue” recibió casi 9,2 millones de visitas.

La prueba más impactante de la presión para escapar es el número de solicitudes de asilo. La mayoría de la gente no toma ese camino; la mayoría pasa por un proceso normal de emigración, quizás buscando un trabajo, solicitando una escuela o haciendo una inversión en el extranjero para obtener un visado. Pero el último recurso es el proceso de asilo, que es complicado.

Desde que Xi asumió el poder en China en 2013, el número de solicitudes de asilo ha crecido casi ocho veces, llegando a casi 120.000 el año pasado, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), y cerca del 75% de los solicitantes de asilo piden vivir en Estados Unidos.

El abrumador número de solicitantes de asilo del año pasado fue solo la punta del iceberg. Los que salen por los canales formales suelen ser de clase media y alta. Otros, como Wang Qun, que permitió a CNN seguir su odisea desde China hasta Estados Unidos, recorrieron todo el mundo para llegar a la frontera entre Estados Unidos y México.

Wang fue claro en cuanto a la motivación que le llevó a tomar la decisión de abandonar China: “En los años posteriores a la llegada de Xi Jinping al poder, las políticas de China se han vuelto cada vez más estrictas, la economía no va bien… y (su) dictadura no hace más que empeorar”.

Xi no es el primer líder autoritario de China, pero su crueldad y ambición superan con creces a la mayoría de sus predecesores recientes. Incluso ha allanado su camino para gobernar potencialmente de por vida, si así lo desea.

Bajo la dirección de Xi, el régimen creó lo que llaman “centros de formación profesional”, que según China luchan contra el terrorismo religioso y el separatismo, pero que los críticos de la comunidad internacional han denunciado como un “genocidio”.

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Y en Hong Kong, el régimen reprimió con dureza la libertad de expresión y básicamente incumplió el compromiso firmado por Beijing de permitir a Hong Kong gestionar sus propios asuntos democráticamente hasta 2047. La brutal represión de las libertades de Hong Kong por parte de Beijing ha desencadenado una enorme oleada de emigración, la mayor desde que el gobierno empezó a registrar cifras en 1961.

En la China continental, la gota que colmó el vaso fue la pesadilla de la política de Xi contra el covid, llamada “cero-covid”, un impulso draconiano para eliminar todo rastro del coronavirus. La campaña anticovid de China hizo que la de casi todos los demás países pareciera poco entusiasta. Ciudades enteras han quedado paralizadas, cerradas completamente por un puñado de casos, dejando a la gente confinada en sus casas durante semanas, a veces sin suficiente comida.

Esto habría sido impensable en una democracia.

Luego está Rusia, dirigida por Putin, socio de Xi en la promoción del autoritarismo.

Al igual que los chinos, millones de rusos han optado por ignorar o al menos tolerar la represión de Putin mientras la economía iba bien. Los índices de aprobación de Putin, en la medida en que pueden creerse, siguen siendo altísimos. Ha disfrutado de un fuerte apoyo popular, si bien no absoluto, en gran parte porque controla los medios de comunicación, alimentando al pueblo con una dieta constante de propaganda. Aquellos que se han atrevido a criticar su gobierno que, al igual que el de Xi, podría continuar en el poder durante todo el tiempo que él desee, han sido encarcelados, envenenados o ambas cosas. Otros han sufrido desafortunados “accidentes”, como caerse por la ventana. Es suficiente para que la mayoría opte por mantenerse al margen de la política.

Pero cuando Rusia invadió Ucrania, la represión se intensificó, haciendo cada vez más intolerable para muchos vivir bajo las reglas de Putin. Las normas orwellianas, como la prohibición del uso de la palabra “guerra” para describir, bueno, la guerra, hicieron que vivir en Rusia y preservar la propia integridad fuera casi imposible para quienes conocen la verdad y rechazan lo que hace su país. Una mujer, por ejemplo, estaba en una plaza de Moscú sosteniendo un trozo de papel que decía: “Dos palabras”. Las palabras no pronunciadas, por las que tantos habían sido detenidos, eran probablemente: “Nyet voinye”, o “no a la guerra”. Fue detenida en cuestión de segundos.

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Después de que las tropas rusas entraran a Ucrania en febrero, The Economist y el proyecto ruso de derechos humanos OVD-Info contabilizaron más de 15.000 detenciones.

No hay estadísticas precisas, pero las búsquedas en Google de “Cómo salir de Rusia” alcanzaron el máximo de los últimos 10 años. A mediados de marzo, un economista ruso calculó que 200.000 personas se habían marchado. Un experto en migración estimó que otras 100.000 que ya estaban en el extranjero decidieron no regresar. Se cree que hasta dos millones se han ido desde que Putin llegó al poder. Impulsado por la preocupante demografía, Putin acaba de revivir un premio de la época de Stalin, la “Madre Heroína”, que recompensa a las mujeres que tienen 10 hijos con un millón de rublos, unos US$ 16.500.

Nuevos grupos de exiliados surgieron en la República de Georgia, Armenia y Turquía, y decenas de miles salieron a Australia, Estados Unidos, Israel (impulsados por el resurgimiento del antisemitismo) y otros lugares.

Eso fue hace cinco meses. Ahora, cuando la guerra de Putin se aproxima a su sexto mes sin victoria, la represión de la disidencia no muestra signos de alivio.

La primera oleada de salida del país incluyó a quienes se sentían más directamente amenazados: activistas políticos, escritores, artistas. Ahora ha surgido una segunda oleada. Incluye a algunos de los que habían tratado de mantener la cabeza baja: empresarios, familias, gente corriente que quiere salir de un sistema que no solo está tratando de conquistar a su vecino y aplastar las críticas en casa, sino que también se está convirtiendo en un paria internacional.

Putin y Xi seguirán afirmando que sus sistemas son superiores a la democracia. Señalarán los defectos, las luchas de los sistemas democráticos, que ciertamente existen. Pero los que no están de acuerdo con ellos en casa, incapaces de expresarse, se callarán, mantendrán sus críticas en susurros apenas audibles, o votarán con sus pies, dirigiéndose hacia tierras más libres.

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