OPINIÓN | La princesa Diana y yo

Nota del editor: Mari Rodríguez Ichaso ha sido colaboradora de la revista Vanidades durante varias décadas. Es especialista en moda, viajes, gastronomía, arte, arquitectura y entretenimiento, productora de cine y columnista de estilo de CNN en Español. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivamente suyas. Lee más artículos de opinión en cnne.com/opinion.

(CNN Español) — ¡Nunca he conocido a nadie con el cutis tan bello y perfecto como el de la princesa Diana! ¡Y una sonrisa tan sincera y cálida! Y en los breves encuentros que tuve con ella no solo me impresionó esa piel estilo “english rose” que parecía ser su sello de belleza, sino también la sinceridad y cercanía de su personalidad. ¡Y el apretón de manos fuerte y muy cálido con el que me saludó!

Todo ocurrió en 1995, cuando en uno de los teatros del Lincoln Center de Nueva York un pequeñito grupo de periodistas (media docena apenas) fuimos escogidas para conocer a la princesa en “backstage” cuando ella le entregaría un premio a su amiga Liz Tilberis, la editora de Harper’s Bazaar.

La princesa Diana y su amiga Liz Tilberis

En ese entonces también cubri su visita a la Madre Teresa de Calculta en su convento del Bronx. Y en 1996 volví a saludarla en la Gala del Instituto del Vestido del Museo Metropolitano a donde llegó con un vestido tipo “lingerie”, sin sostén —que parecía un ropón de dormir y la tenía nerviosa, pues se pasó la noche ajustándose los tirantes y tapándose con un chal de satén del mismo color azul marino—. ¡Fue en realidad muy tierno notar su evidente modestia con aquella ropa!

Y en esas tres ocasiones comprendí que Diana era diferente —en posesión de esa cualidad que le llaman “tener ángel”—. Alta y delgada, reflejaba alegría de vivir, entusiasmo por lo que hacía y aquello parecía “rebotar” e iluminar todo a su alrededor. Entre las muchas celebridades que he conocido en mi carrera, son en realidad pocas las que proyectan esta luminosidad y este espíritu tan genuino. Y Diana fue una de ellas.

Y ahora —al haberse cumplido los 24 años de su trágica muerte— su vida vuelve a comentarse, a revisarse y hablarse todo sobre ella. Y en un momento en que tanto ha cambiado en el mundo —y sus dos hijos son hombres casados, enamorados de sus mujeres y padres de familia— uno de los aspectos que más me conmueven es precisamente la desesperada búsqueda de Diana por encontrar el amor. Por recuperar ese sentimiento que nunca dejó de anhelar. Y aunque tuviera “affairs” y romances con varios hombres a lo largo de sus 36 años de vida (incluyendo al pelirrojo militar James Hewitt, al cirujano pakistaní Hasnat Khan y al “playboy” Dodi Fayed) la princesa Diana —con apenas 19 años— se había enamorado locamente del príncipe Carlos, de 32 años —y su príncipe azul, como en los libros de cuentos—. Y el haberse sentido engañada y usada desde el puro principio de su matrimonio —por un hombre que estaba enamorado de otra mujer— fue una puñalada demasiado dolorosa —y difícil de recuperarse de ella— para una chica sin experiencia de la vida y que creía en el amor.

Una muchacha de la alta aristocracia, bonita, saludable, que nunca había tenido novio ni enamorados, que al contraer matrimonio con 20 años parecía ser la perfecta para engendrar “al heredero y al sustituto” (“the heir and the spare”) y ser la futura reina del Reino Unido. Un plan para que Carlos de Inglaterra finalmente se casara, a pesar de la conocida relación del príncipe con Camila Parker-Bowles.

Por eso me gusta lo que explica uno de los mejores libros que se han escrito sobre Diana —el de su guardaespaldas e Inspector de Scotland Yard Ken Wharfe quien por siete años protegió a la princesa y jugó un papel muy cercano en los momentos más difíciles de su vida— titulado “Diana: Closely Guarded Secret”, Wharfe (quien se dijo había estado enamorado de Diana) y escribió: “Ella era una joven esposa y madre que quería desesperadamente ser amada por su marido. El príncipe Carlos no es un mal hombre, pero la manera en que la trató fue imperdonable. De ahí en adelante Diana no abandonó la lucha por el afecto de su marido, pero me dijo que no tenía fuerzas para luchar más”. ¡Y tener sus propios affairs y romances eran ya “un grito de venganza y un grito para llamar la atención del príncipe Carlos”, escribió Wharfe.

Por eso es que una Diana enamorada y traicionada es la que me conmueve. Y cuando pienso en su sonrisa —y su evidente amor por la vida y la gente, en quien ha dejado tan buenos recuerdos — me entristece que hubiera perdido la vida tan enormemente joven y vital.

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