OPINIÓN | Cuba: el principio del fin

Nota del editor: Carlos Alberto Montaner es escritor, periodista y colaborador de CNN. Sus columnas se publican en decenas de diarios de España, Estados Unidos y América Latina. Montaner es, además, vicepresidente de la Internacional Liberal. Las opiniones aquí expresadas son exclusivamente suyas

(CNN Español) — Comienzo por el disclosure: soy un exiliado cubano que rechaza todas las dictaduras. Las de izquierda y las de derecha. Y sigo directamente al grano.

No es el final de la Revolución cubana, sino el comienzo del final. Como se vio en la televisión, estalló una protesta generalizada contra ese Gobierno. Tienen hasta un himno: Patria y vida. Se saben la canción. La cantan. La protesta se prolonga en el tiempo y en los lugares. No han podido acallarla. En una larga docena de pueblos y ciudades, los cubanos, envalentonados, casi todos muy jóvenes, comenzaron a desfilar y a gritar consignas en contra del régimen. Pedían y piden libertad. Libertad para crear riquezas y para hacer con sus vidas lo que deseen. Eso ha sido posible por las comunicaciones que brinda Internet. Por los influencers. Por Facebook, por Instagram y por Twitter. Por la crisis económica que padece el pueblo. Por la pandemia que ha acumulado muertos y enfermos en unos hospitales del cuarto mundo y ha desbandado a los turistas. Por el verano inclemente sin ventiladores eléctricos y mucho menos aparatos de aire acondicionado. Por la falta de alimentos, agua potable, medicinas, combustible y viviendas. En Cuba solo hay represión. Solo abundan el palo y el tentetieso.

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Miguel Díaz-Canel ha culpado al Gobierno de Estados Unidos por las protestas, agregando que las sanciones comerciales son las responsables de la miseria económica.

En fin: se agota la Revolución cubana. Ya era hora. 62 años es un tiempo excesivo para cualquier experimento político fallido. ¿Por qué fallido? Porque es tremendamente improductivo. Si el objetivo de toda revolución es que la sociedad viva mejor, hay que calificar esa revolución de fallida. La gente vive peor cada día que pasa. La pregunta adecuada no es por qué se ha agotado, sino por qué ha durado tanto tiempo. La respuesta que da el régimen tiene que ver con sus orígenes: el Gobierno, dicen, no le debe su autoridad a la antigua URSS. Es verdad, pero sí le debe su consolidación a la Unión Soviética. Durante los años 60 llegó a haber decenas de miles de asesores soviéticos que acompañaron la labor de montar el sistema comunista.

Comenzaron por los servicios de inteligencia. Espiar es algo que se le da muy bien a los totalitarios. Ahí fue clave Osvaldo Sánchez Cabrera, comunista desde que era un adolescente y figura clave del G-2 cubano, de quien se decía que era un hombre muy cercano al KGB. Murió el 9 de enero de 1961, en un oscuro accidente de aviación en el aeródromo de Varadero. De acuerdo con la versión oficial, se debió al mal tiempo. Pero hubo personas que dijeron que se había tratado de unos disparos de las “cuatro bocas” antiaéreas. recientemente instaladas en la zona. En todo caso, no estamos ante una visión conspirativa de esa historia. Si fueron disparos, los que lo hicieron no sabían que habían liquidado a uno de los líderes del G-2 cubano. Pensaban que era una avioneta que procedía de Estados Unidos y no se había identificado correctamente.

El 4 de marzo de 1960, llegó a Cuba el coronel soviético-español Francisco Ciutat a darle asesoría al Gobierno cubano sobre cómo trasformar un ejército elemental de guerrilleros en un aparato formidable que, en su momento, pudo encargarse de las guerras africanas en Angola y Etiopía. El propio Fidel Castro le colocó el alias para que no se exhibiera con el apellido Ciutat. Le puso Ángel Martínez Riosola. El “camarada” Angelito fue clave en la derrota de los guerrilleros del Escambray. Por lo pronto, los bautizó, como había ocurrido en la URSS, como “bandidos”. Los guerrilleros se vengaron hiriéndolo en combate. Murió muchos años después en La Habana.

En 1976, fue aprobada una Constitución que seguía de cerca el engendro de Stalin de 1936. Parecía que la revolución se institucionalizaba abandonando los “inventos” de Fidel Castro. Por ejemplo, un quesoducto con el que inundaría al mundo de un “camembert mejor que el francés”. ¿Cómo? Producto de 1.000 Ubres Blancas, unas vacas maravillosas que llenarían a Cuba de ríos de leche. El café caturra, que germinaba hasta en las piedras, y con cuyas semillas el comandante ordenara rodear las ciudades, con la idea de crear un ambiente cafetero extraordinario. Unas económicas aves australianas que apenas se alimentaban y otros prodigios parecidos. Todo fue inútil. Al comandante le encantaba jugar a Dios aunque casi siempre le saliera mal. Murió en 2016, poco después de haber legado la moringa a la especie humana, una planta de la India con algunos propósitos medicinales, pero que según él, serviría para alimentar a los cubanos y a todo bípedo que creyera o tuviera en cuenta sus legendarias propiedades.

¿Pueden estas manifestaciones dar al traste con la Revolución cubana? Lo harán a medio o largo plazo, salvo que los cubanos dentro de la isla resistan en las calles, como sucedió con los ucranianos. Por lo pronto, algunos de los manifestantes aseguran que los policías están tan hartos de la revolución como ellos. Están hambrientos, mal pagados, y escuchan en sus casas los mismos lamentos que el pueblo llano. Es el escenario adecuado para una tormenta perfecta.

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