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Los Manuscritos del mar Muerto son un vínculo inestimable con el pasado de la Biblia

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Daniel Falk, Pennsylvania State University

(THE CONVERSATION) El Museo de la Biblia en Washington D. C. en octubre eliminó de la exhibición cinco Manuscritos del mar Muerto después de que los análisis confirmaran que estos fragmentos no eran antiguos pergaminos bíblicos sino falsificaciones.

El drama fue solo el más reciente en la historia dramática de los Manuscritos del mar Muerto, que empezó con un descubrimiento accidental.

El descubrimiento de los Manuscritos del mar Muerto

En 1947, los beduinos que pastoreaban cabras en las colinas al oeste del mar Muerto entraron en una cueva cercana a un cauce seco llamado Qumrán, en Cisjordania, y se toparon con unas tinajas de arcilla repletas de rollos de cuero. Durante la década siguiente se descubrieron diez cuevas más que contenían decenas de miles de fragmentos pertenecientes a más de 900 manuscritos. Así, la mayoría de hallazgos se realizaron gracias a los beduinos.

Algunos de estos manuscritos fueron adquiridos posteriormente por el Departamento de Antigüedades de Jordania a través de complicadas transacciones y el estado de Israel se quedó con otros tantos. La mayoría quedó bajo el control de la Autoridad de Antigüedades de Israel en 1967.

Entre estos rollos encontramos las copias más antiguas de los libros de la Biblia hebrea y muchos otros escritos judíos: oraciones, comentarios, leyes religiosas, textos mágicos y místicos. Además, estos manuscritos han arrojado nueva luz sobre los orígenes de la Biblia, el judaísmo e incluso el cristianismo.

La Biblia y los Manuscritos del mar Muerto

Antes de su descubrimiento, los textos más antiguos que pertenecían a la Biblia hebrea databan del siglo X. Sin embargo, los Manuscritos del mar Muerto incluyen más de 225 copias de libros bíblicos que se remontan a unos 1200 años antes.

Estos van desde pequeños fragmentos hasta un pergamino completo del profeta Isaías, así como todos los libros de la Biblia hebrea, excepto el de Ester y el de Nehemías. Muestran que los libros de la Biblia judía eran conocidos y tratados como escritos sagrados antes de la época de Jesús y presentaban prácticamente el mismo contenido.

Por otro lado, no había una “Biblia” como tal, sino una variedad de escritos sagrados para ciertos judíos, incluidos numerosos libros que no figuran en la Biblia judía moderna.

Además, los Manuscritos del mar Muerto revelan que en el siglo I a.C. había versiones diferentes de algunos libros canónicos hebreos, especialmente los de Samuel, Jeremías, Daniel, el Éxodo y los Salmos.

Esta evidencia ha ayudado a que los académicos entiendan cómo se formó la Biblia, pero no llega a probar ni refutar su mensaje religioso.

Judaísmo y cristianismo

Los Manuscritos del mar Muerto son únicos ya que representan una especie de biblioteca de un grupo judío concreto que vivió en Qumrán desde el siglo I a.C. hasta aproximadamente el año 68 d.C. Probablemente pertenecían a los esenios, un estricto movimiento judío descrito por varios escritores del siglo I d.C.

Estos manuscritos representan un rico tesoro ya que se tratan de textos religiosos judíos previamente desconocidos. Algunos fueron escritos por los esenios y nos permiten conocer mejor sus puntos de vista, así como sus conflictos con otros judíos, como los fariseos.

A pesar de que no contienen nada sobre Jesús o los primeros cristianos, ayudan indirectamente a entender el mundo judío en el que vivió Jesús y por qué su mensaje atrajo a seguidores y detractores. Por ejemplo, tanto los esenios como los primeros cristianos creían estar viviendo en el momento predicho por los profetas según el cual Dios establecería un reino de paz y pensaban que su maestro había revelado el verdadero significado de las Escrituras.

Fama y falsificaciones

La fama de estos manuscritos ha fomentado tanto las falsificaciones como la compraventa ilegal de antigüedades. A menudo se los considera como el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX debido a su importancia para comprender la Biblia y el mundo judío en la época de Jesús.

Los objetos religiosos son especialmente atractivos para los falsificadores, ya que la gente desea poseer algún tipo de conexión física con su fe. El llamado osario de Santiago, una caja de piedra caliza que afirmaba ser el féretro del hermano de Jesús, atrajo mucha atención en 2002.

Unos años más tarde, se descubrió que efectivamente se trataba del auténtico féretro de alguien llamado Santiago y que databa del siglo I d. C. No obstante, al añadir “hermano de Jesús”, el falsificador lo hizo parecer inestimable.

Los académicos ansiosos por publicar y hablar sobre nuevos textos son responsables en parte de este turbio mercado.

La reciente confirmación de la falsificación de estos manuscritos en el Museo de la Biblia solo confirma que este tipo de objetos deben tratarse con la mayor de las sospechas a menos que la fuente sea completamente fidedigna.

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